Aguas cristalinas poco profundas, seres flotantes se pasean a sus anchas. De súpeto, llegamos a donde la calma impera. El sol irradia con fuerza. Los brillos y sombras se proyectan en sus hojas. Libélulas de un azul intenso, a veces según la figura a realizar, mutan a verde. Se posan con delicadeza en la vegetación que adorna el río. En ocasiones, quedan suspendidas en el aire segundos e incluso minutos. Miro y veo las plantas acuáticas. Ellas me recuerdan a la barba de un druida. Es morada. En un aleteo pausado navegan. Anaranjados círculos maquillan su piel. La hierba es abundante, pequeños saltos me rodean, a cada movimiento, una ráfaga, a cada vibración, un sentir. Mi cuerpo diminuto yace en aquel universo, en aquella alfombra. Es sólo mía. Miro el cielo y es de un azul intenso. Tímidamente nubes esponjosas se pasean ante mis ojos. Bailan y cambian su forma. Me pregunto, cuántas nubes de estas han pasado por mi vida y no he sido consciente de ello. Bueno, iguales jamás. Aquellas son únicas, tienen un brillar y un olor especial. Todo allí, es lo máximo que la naturaleza puede ofrecernos.
