El acto de entrar en la ducha y dejar caer el agua sobre mi cabeza, crea una cascada  de reflexiones, ideas, conclusiones. Debe ser algo así como que el líquido que ahora fluye, se desliza por diferentes recovecos de mi cuerpo, juega al escondite. Sólo yo tengo el dominio, tengo el poder de mostrarlo. Es una piedra preciosa que regalo a quien quiera recibirla o mejor dicho a quien tenga la capacidad de dejarlo entrar en su ser. Lo muestro a través de los sentidos. Si este acto de amor, este regalo, esta piedra, la comparto digitalmente entrará por un sentido. Si es entregada en forma de libro, ahí ya se convierte en el no va más. Entran en juego todos los sentidos.

Qué fortuna la mía navegar contra corriente. Si lo hago, es porque poseo el conocimiento para así decidirlo. A veces, doy tres o cuatro puntos más de temperatura al agua hasta no aguantar más, suplicándole a mi cerebro que no se olvide de todas esas cosas fantásticas que me rondan. No tengo la capacidad de acordarme de todo o más bien de nada. Cambio de escenario y zas, la memoria me brinda el beso con lengua que necesito. Volteretas, movimientos, no quiero separarme de esa boca tan sugerente. Sé que la idea es muy acertada. A lo lejos veo una puertecita diminuta. Se sale fuera de cualquier norma de interiorismo y mucho menos, figura en el libro de “Neufert”. En un gesto tímido acciono la maneta, me asomo, visualizo el interior, me gusta lo que veo. Seres con pensamiento propio e inteligencia emotiva me invitan a entrar. Soy tan diminuta, mucho más que esa puerta. En realidad, me costó mucho poder abrirla. Aquel postigo poco a poco se convierte en algo minúsculo. No entiendo qué sucede, es casi imposible salir y entrar. Me pregunto si no soy yo la que he crecido. Si me miro al espejo, soy la misma. Si no me miro, noto que mi cerebro está en expansión. ¡Socorro que alguien me salve!. Quiero comer, pero no tengo hambre. Es una sensación a la altura de la garganta que baja por mi tráquea. Necesito llevarme algo a la boca pero no es alimento. En mi cabeza retumban sus palabras: “tienes que alimentar esa cabeza, aliméntate. Deshazte de toda esa chatarrería. Eres una persona que necesita estar en continuo aprendizaje. Escríbelo todo”. No puedo, las manos se entumecen. Incomprensiblemente sigo ahí. Hago lo que debo hacer. No me separo del centro, camino lentamente, si lo hago más rápido, pierdo el centro.

Tengo una croqueta. Le llamo así a lo que creo. Si entrego mi croqueta a alguien que no está detrás de esa puerta que se convirtió incompresiblemente en enana, alguien que está en el exterior que no pertenece al mundo del pensamiento propio, al sujetarla con sus manos, caerá espachurrada. Cuando frío la croqueta, le doy forma, la acuno, la beso, la abrazo. Soy capaz de amarla con sus imperfecciones. Algunos también la amarán. Ella, la croqueta, es sabiduría, tranquilidad, coquetería, elegancia, comprende los ritmos de la vida.

La puerta está tapiada, ya no puedo salir, ya no quiero salir.

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