Se sienta en el escalón. Una tarde primaveral le acompaña, los pájaros canturrean y una brisa suave le acaricia la cara. Observa el suelo, fija la mirada y se deja llevar por pensamientos algo mundanos. A su derecha, una pequeña jardinera con poca vegetación.

Vuelve al presente, un gato negro con ojos amarillos y sedoso pelaje, aparece. Camina lentamente. Sus miradas se encuentran pero el chico enseguida mira más allá, dejando al rechoncho felino en un segundo plano.

¿ Qué demonios es eso ? La curiosidad le puede. Se acerca y atinando con su ojo izquierdo lo aproxima al diminuto agujero que hay en la pared.

Como si de una secuencia se tratara, ve como la cría se encarama escaleras arriba. Vestida con una camiseta a rayas roja y un pantalón corto a conjunto, se siente cómoda. Se detiene en la puerta y pica al timbre. Mientras espera, mira el felpudo y mueve su piececito diminuto alegremente. La emoción de encontrarse de nuevo con su amiga, como en tantas ocasiones, la lleva a una espera más paciente que de costumbre.

Él abre la puerta y aguarda a que sea ella quién pregunte. El pasillo está en penumbra. Ella más tarde siempre querrá claridad, luz, sol. Entra, pronto llegará, dice él.

La oscuridad más absoluta, deprimente, rastrera y asquerosa, se produce.

El muchacho retira el ojo de aquel agujero y corre en busca de algún lugar por donde colarse y dar claridad a aquel escenario. Ni rastro de entrada alguna. Ya es tarde. A partir de ese momento, nada será lo mismo.

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