Su compañía siempre es grata. Es de pocas palabras pero de grande sentimiento. Los hombres no lloran, y hasta cierta época de la vida así sucedió. En mi infancia fue un gran referente. Aprendí muchas cosas a su lado, algunas descartadas en la actualidad. Creo que ahora soy yo la que lleva la batuta más que él.

Aquel día soleado bajamos por aquel camino angosto, enfangado. Las piedras colocadas sin orden, dificultan la bajada. Ponemos el pie donde buenamente podemos. Nuestros ojos miran el suelo. Un mísero hilo de líquido azul colorea el borde del sendero. Es tan sutil que poco rato nos acompaña. Más abajo, el laurel me recompone volviendo al presente. Una fragancia. Sus hojas la lanzan. El aroma vuela. Mi nariz lo atrapa. La claridad se impone. El sol irradia con fuerza. Los brillos proyectados en la vegetación. Todo es diferente. Todo es especial. No sabemos por qué estamos ahí. A ambos nos gusta la investigación de la naturaleza. Estamos para atraparlo todo. El prado, algo seco. En ladera con bastante inclinación. A Cordiña » e o que ten «. Avistamos como ave rapaz, un nido. Un socavón en la tierra. Zumban disimuladamente. Revolotean. Detrás unas «xestas» algo apartadas del lugar de los hechos. Unas piedras.

-Mira, voy a tirarles piedras. Tú sólo tienes que estarte aquí tumbada, bien quietecita. Casi no respires.

-Vale.- le digo.

Es mi referente. Lo que diga. Comienza el ataque, piedra va…zas…

Pienso, voy a mandar el referente al cuerno. Rápidamente, salgo disparada hacia las » xestas » y observo el espectáculo.

Zas…segundo ataque.

Atenta y muerta de la risa, a cámara lenta veo o imagino como le van mordiendo. Los segundos se convierten en microsegundos, si es que existen y sólo oigo:

-Caralloooooo…

Sale disparado hacia donde yo estaba pegando manotazos a diestro y siniestro. 9 mordieron seguro.

Ese día comenzó el pensamiento propio.

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